sábado, 2 de agosto de 2014

El libro del Sábado. RAYUELA. CORTÁZAR


Hacía ya más de veinte años de sus primeras lecturas (La lineal, la salteada de Morelli) cuando, este verano, volví al libro.
Lo hice con precaución, pues lo recordaba interesante pero difícil, con muchas hojas de la que apenas nada había entendido.
La sorpresa fue darme cuenta de que no era el libro, era mi juventud la que me impidió comprenderlo por completo.
Sólo supe arañar la superficie de Horacio Oliveira y la Maga, escuchar su jazz, intuir cuánto sabía de arte Cortázar. Supe de alguno de sus experimentos literarios (como el famoso capítulo 34 o el 47), me reí de algunas de sus surrealistas escenas (como aquella que crean una pasarela entre las ventanas para llevar el mate de una casa a otra).

Esta vez, sin embargo, comencé a comprender cuánto había de terrible en la ambición de un escritor que desconfiaba de las palabras, de los conceptos, y buscaba una realidad no contaminada por ellos y, aún más, intentar decírsela a los demás.
Las palabras que falsean las intuiciones, las petrificaciones simplificantes, los cansancios en que lentamente se va sacando del bolsillo del chaleco la bandera de la rendición

Me fascinó la geografía secreta (primero de París, luego de Buenos Aires) en donde los protagonistas se movían creando figuras, como de un ajedrez mental en donde personas y ciudades se preguntan sin contestarse jamás.
Pues empecé entonces a vislumbrar cuánto hay de interrogación en sus páginas, de proposición de vías para el conocimiento (desde la dialéctica al zen, el jazz, los gestos....) en un mundo hostil en donde la muerte, la rutina, el desencanto, están esperando a la vuelta de la esquina, esperando cualquier momento de flaqueza de nuestro ánimo para saltarnos al alma.

Y es que la novela es una historia de desiniciación, de desmemoria y ruptura para los que ya creen haber comprendido los conceptos (como yo creía en mi juventud) y darnos cuenta de lo infantiles que somos cuando creemos en nuestra onmipotencia y, por el contrario, de cuánta ternura hay en medio de nuestras miserias (como en la famoso concierto, como en la noche de su clochard, de las excelsas limitaciones intelectuales de la Maga frente a los demás miembros de club, la firma de los locos,  de la propia rayuela, un juego infantil que es, contradictoriamente, la mejor forma de explicar nuestra vida).

Una obra seria que no lo es tanto y en donde un particular sentido del humor lo emparenta directamente con Duchamp (como su tarea de poner rectos los clavos, de crear un búnker a través de rulos, cordeles y palanganas de agua) y su sentido de juego intelectual con la realidad que puede salvar la existencia de tanta cultura y sabiduría.
Una novela inacabada, como las obras de Duchamp, en donde el lector tiene tanto peso como el propio escritor, riéndose (ambos) de los críticos y sus grandes teorías.


Por cierto, para los sibaritas de la lectura existe un disco-libro (jazzuela) que recoge todos los temas de jazz que aparecen en el libro. Una verdadera gozada para leer mientras se escucha.




Y para terminar, un curioso mapa para oientarse por el París de Rayela


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